

Tras la mordida, el instinto de supervivencia de Hoyos se enfocó en un procedimiento crítico de buceo: la subida controlada. A pesar de que su equipo sufrió daños y presentaba problemas con el regulador, su principal preocupación era ascender a la superficie lo más lento posible con el poco aire que le quedaba, buscando evitar una enfermedad por descompresión, un riesgo mayor que la herida misma si subía rápidamente después de respirar aire comprimido.
Una vez en la superficie, el capitán de la embarcación que siempre estuvo atento a sus burbujas actuó con rapidez, ayudándolo a subir de inmediato. Sin embargo, la calma no era total, pues aún faltaba el otro buzo que lo acompañaba. La espera se extendió porque la tiburón hembra permaneció cerca y, según el análisis de Hoyos, estaba "asustada" y a la defensiva, sin saber si el segundo buzo también representaba una amenaza.
El biólogo, quien lleva 30 años marcando tiburones, sufrió múltiples heridas en el rostro y el cuero cabelludo que requirieron más de una docena de puntos por los 27 dientes del tiburón que lo alcanzaron. A pesar de la gravedad inicial reportada por los médicos, Hoyos se mantiene estable y fuera de peligro, agradeciendo desde el hospital los mensajes de apoyo y oraciones.

